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sábado, 4 de junho de 2016

ECUMENISMO: RECONOCIENDO LA DIFERENCIA COMO UNA GRAN RIQUEZA


Estamos por celebrar cincuenta y cinco años del inicio del Concilia Vaticano II, verdadero Pentecostés para la vida de la Iglesia. Una de las grandes contribuciones que este Concilio trajo fue una nueva comprensión en el campo ecuménico. El documento específico en esta materia se llama Unitatis Redintegratio y es del que tenemos la siguiente afirmación: “(…) Es menester que los católicos reconozcan, con alegría, y estimen los bienes verdaderamente cristianos, oriundos de un patrimonio común, que se encuentran entre los hermanos separados. Es justo y necesario reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de los que testimonian en favor de Cristo, a veces hasta la efusión de sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras” (UR 4/772).

Las diversas iniciativas, en el campo ecuménico emprendidas por las iglesias cristianas has sido fruto de un deseo intenso de comunión. Es impresionante el esfuerzo incansable de aproximación, comprensión y diálogo, existentes en las diversas organizaciones de los que confiesan la misma fe, en todo el mundo (claro que me estoy refiriendo a las Iglesias envueltas en el movimiento ecuménico). Como vimos arriba, es en el reconocimiento mutuo de lo que Dios realiza en cada una de las partes que sucede la comunión. Todo eso nos hace descubrir la dinámica del Espíritu Santo, para el cual no existen fronteras que no puedan ser superadas. En medio de tantas diversidades, viene suscitando la unidad. Este Espíritu de Comunión ha hecho maravillas a lo largo de la historia, principalmente en lo que se refiere a la propia concepción ecuménica, en que cada una de las partes envueltas se armaba con muchos argumentos para defender su verdad sobre Jesús, criticando los otros, considerándose dueños de la verdad, fijándose más en sus diferencias, en aquello que causaba todavía más división. Hubo una apertura mayor para la acción del Espíritu de manera que pasaran a percibir que el camino no era aquel, se cambió la postura y el dialogo pasó a nortear las discusiones. Se descubrió que la diferencia de cada uno puede ser riqueza para el otro; es necesario caminar y juntos buscar lo que es factor de comunión.

El discurso sobre la búsqueda de la unidad, infelizmente fue mal comprendido tanto por parte de algunos líderes como por parte de otros fieles. Lejos de  ser uniformidad o anulación de las diferencias individuales, se trata de acoger lo diferente, respetándolo en su manera de ser y reflexionar, descubriendo siempre más lo que causa aproximación. Esta búsqueda no impide que se piense diferente, al contrario, a través de la diversidad, ambas partes son conducidas a la verdad que nos une. Cuando Jesús dice que él es la verdad y quien es de la verdad escucha su voz, se refiere a los ritos, formulas y maneras de hacer las “cosas”, características accidentales. Él llama la atención para lo que es esencial: la verdad que Él es. Una cristología que parte de Jesus como parámetro de la verdad es una cristología que conduce a la unidad. Esta es una referencia común a todos. Y como la verdad es Jesús, la búsqueda de conocerla siempre más sólo puede llevarnos a envolvernos con el diálogo ecuménico. Rechazarlo conscientemente sería un acto de irresponsabilidad, pecado o ir contra aquello que reconocemos ser correcto.

El camino de aproximación se inició, el paso caracterizado por la fraterna superación de las divisiones entre las diferentes Iglesias cristianas, ya ha sido dado. Lo que resta ahora es que todos contribuyan para vencer las dificultades que impiden el avance ecuménico. El Espíritu actuó, hizo que disminuyéramos las tensionas; ahora tenemos la gran responsabilidad de ser fieles a la verdad y a la justicia mientras buscamos superar las diferencias y trabajar en conjunto. Sabemos también que el camino ecuménico debe ser trillado con caridad, humildad, prudencia, buena formación y amor al cristianismo. El papa y santo Juan Pablo II, en su carta sobre la unidad de los cristianos, dice que “la división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, y es escandalo para el mundo, como también perjudica la santísima causa de la predicación del evangelio a toda criatura” (UUS 6). De hecho, la gran victima ha sido la evangelización, pues es difícil creer cuando los que predican el evangelio se comportan como enemigos. Es claro que no da para generalizar, pero si todavía hay impasse en el entendimiento, es porque algunos líderes de las diferentes partes se cierran, acompañando el proceso con un cierto indiferentismo en relación a la riqueza que esta novedad puede traer. Mucho están con el recelo de quedarse menos católicos, menos protestantes, etc. La verdad es que dejamos de pensar como Jesús, que se preocupaba con los que necesitaban creer a partir del testimonio de unión de las comunidades cristianas. Olvidamos de lo que necesitamos, como cristianos, estar unidos para que el mundo crea.

No es conveniente continuar atemorizando a las personas con un Jesús dividido, un Jesús que sólo sirve para un grupo y no sirve para otro. Está en la hora de ser evangelios vivos, ponernos en el centro de nuestras búsquedas y aspiraciones, la persona y la propuesta de Jesucristo. La actitud de Jesús delante de lo diferente era de escucha y de acogida; necesitamos reaprender de él. Si de hecho somos cristianos y creemos en la posibilidad de unidad rezada por Cristo, realizaremos lo que dice San Agustín: “en las cosas esenciales, la unidad; en las cosas dudosas, la libertad; en todo, la caridad”. Esta expresión es retomada por el Concilio Vaticano II que la propone como compromiso de los católicos y cristianos de todo el mundo: “Resguardando la unidad en las cosas necesarias, todo en la Iglesia, según el munus dado a cada uno, conserven la debida libertad, tanto en las varias formas de vida espiritual y de disciplina, en cuanto en la diversidad de los ritos litúrgicos, y hasta aún en la elaboración teológica de la verdad revelada. Pero en todo cultiven la caridad. Actuando así, manifestarán, siempre más plenamente, la verdadera catolicidad y apostolicidad” (UR 4/771).

Fr Ndega

Traducion: Nomade de Dios

domingo, 30 de outubro de 2011

PASSOS A SEREM DADOS EM VISTA DA PLENA COMUNHÃO ENTRE OS CRISTÃOS

            O autor, do qual estamos tratando, P. Florenskij, é muito realista ao analisar a questão da divisão dos cristãos, mas, em seu discurso, mostra uma capacidade muito grande de convencimento a respeito das reais possibilidades de uma unidade também real, ou seja, o seu discurso é cheio de motivação de esperança, pois ele tem presente sempre a ação divina nos corações que pode levar as pessoas a repensarem suas posturas e não mais dificultarem as coisas.
“Diante da crise iminente do cristianismo, todos os que se definem cristãos devem pôr-se um ultimatum e arrepender-se ‘com uma só alma e uma só voz’, proclamando: Senhor, ‘ajuda-me na minha incredulidade’. Então a questão da unidade do mundo cristão deixará finalmente o espaço fechado dos escritórios e das chancelarias para sair ao aberto, e aquilo que se mostra difícil e impossível para os homens se mostrará totalmente possível para Deus”[1].
Esta posição do nosso autor é confirmada na encíclica Ut unum sint que diz que o empenho ecuménico deve fundar-se na conversão dos corações e na oração, ambas induzindo depois à necessária purificação da memória histórica. Em outras palavras, recorda que o passado é doloroso para o cristianismo e ainda continua a produzir feridas entre os cristãos, mas que todos, motivados pelo amor, pela coragem da verdade e pela graça do Espírito, devem se perdoar mutuamente e a se reconciliarem (Cf. UUS, 1). E assim continua Florenskij: “A unidade do mundo cristão é possível somente mediante uma ‘mudança do modo de pensar’ (metavoia – metanoia) e um profundo exame de consciência – em primeiro lugar – no âmbito da própria confissão”[2]. Ele vai insistir no respeito como atitude que revela autenticidade no seguimento de Jesus e na resolução dos conflitos:
“Quem não respeita as formas concretas da vida religiosa da própria confissão não aprenderá nunca a respeitar as formas de outra confissão, e então a unidade seria de qualquer modo falaz e deletéria justamente para a vida religiosa, para a plenitude da qual ela tinha sido pensada”[3].
É em vista desta plenitude que o Concílio Vaticano II, entre outros apelos, vai provocar os cristãos, especialmente os católicos, para que reconheçam, com alegria, e estimem os bens verdadeiramente cristãos, oriundos de um patrimônio comum, que se encontram nas outras denominações: “É justo e salutar reconhecer as riquezas de Cristo e as obras de virtude na vida dos que testemunham em favor de Cristo, às vezes até à efusão de sangue: Deus é sempre admirável e digno de admiração em suas obras" (UR 4/772). Isto nos faz perceber que, em relação a Igreja católica, foi dado um passo muito significativo nesta direção. Inclusive, o foco da Ut Unum Sint é recordar a toda a Igreja que a busca da unidade e da plena comunhão entre os cristãos não é uma atividade facultativa, mas faz parte de sua missão como serva de Cristo (UUS, 20). Cabe também uma referência ao documento de Aparecida[4] que, de modo muito provocador, afirma que é preciso “recomeçar a partir de Jesus Cristo” (DAp 12, 41 e 549), que nada mais é do que reassumir a nossa missão segundo o desejo daquele que nos constituiu seus discípulos e rezou ao Pai, pedindo “que todos sejam um” (Jo 17, 21).
É preciso investir todos os esforços e acreditar que a unidade é possível. Segundo Florenskij, é preciso descartar a necessidade de apologética, insistindo na necessidade do diálogo para o conhecimento e compreensão mútuos[5]. Quando se fala em diálogo é necessário ter disposição para mudar e crescer, e não ficar exigindo a mudança do outro. O verdadeiro diálogo acontece quando ninguém precisar renunciar à sua fé por causa do encontro com outra fé[6]. É na procura da verdade que o diálogo encontra seu sentido. Só dialoga quem busca a verdade; mas quem se considera dono dela não tem porque dialogar. “É hora de ressoar um apelo ao arrependimento do mundo cristão, um apelo que de uma fé pela metade nos leve a uma fé plena e da torre de Babel à Cidade de Deus”[7].



[1] FLORENSKIJ, Cristianismo e cultura, p. 4.
[2] Id., Ibid., p. 7.
[3] Id., Ibid., p. 5.
[4] V Conferência do Episcopado Latinoamericano e Caribenho, acontecida na cidade de Aparecida, no Brasil, em 2007.
[5] Cf. FLORENSKIJ, Op. cit., p. 7
[6] Cf. SWIDLER, L. Cristãos e não-cristãos em diálogo., p. 18s.
[7] FLORENSKIJ, Op. cit., p. 7  

sábado, 29 de outubro de 2011

O ANSEIO PELA UNIDADE EXPRESSO NA BUSCA DA VERDADE

Penetrar um pouco no cerne do pensamento deste autor, Florenskij, está sendo uma aventura e tanta! Neste quarto artigo queremos nos deixar convencer sobre os verdadeiros motivos que nos levam a buscar a verdade. E de que verdade estamos falando? É sabido que o anseio pela unidade existe no coração dos fiéis seguidores de Cristo desde os primórdios do Cristianismo, quando o próprio Cristo rezava ao Pai: “que todos sejam um” (Jo 17, 21). Mesmo divididos, em toda parte, pequenas iniciativas sempre manifestaram este anseio latente nos corações. O discurso sobre a unidade não se refere à uniformidade ou anulação das diferenças, mas em acolher o diferente, respeitando-o no seu modo de ser e refletir, descobrindo sempre mais o que causa aproximação. Esta busca não impede que se pense diferente, mas empurra, ambas as partes, à verdade que os une. Quando Jesus diz que é a verdade e quem é da verdade ouve a sua voz, não se refere a ritos, fórmulas ou modos de fazer as coisas, características acidentais. Ele chama a atenção para o que é essencial: a verdade que Ele é. Sobre isso isso, Florenskij estava muito convencido, pois “em si a humanidade, porém, não tem necessidade de unidade enquanto tal e a qualquer preço, mas de uma vida na verdade e no amor”[1]. Esta vida na verdade e no amor faz referência ao próprio Jesus que se faz presente onde dois ou mais estiverem reunidos em seu nome (Cf. Mt 18, 20).
Em questões de fé, eu não devo impor a ninguém as formas concretas de vida religiosa que cultivo, ou seja, aquilo que creio e aceito como verdade. Seria muita pretensão da minha parte e violaria o mandamento do amor se impusesse  a pessoas de outra confissão aquilo que é razão e sentido para mim. Aquilo que é significativo para mim, para outros pode não ter significado algum. Esta sensibilidade deveria me aproximar mais das pessoas que pensam e rezam diferente de mim, pois “discordâncias e diferenças serão, de qualquer maneira, inevitáveis”[2], mas o importante é saber o que fazer com elas.
“As diferenças entre as confissões não devem ser ‘polidas’ em nome da unidade; ao contrário, é muito importante estabelecê-las com precisão. Se formos movidos por autêntico amor e confiança (...) tais diferenças não serão motivo de hostilidade, mas, ao contrário, criarão um senso de partilha do mundo cristão e de devoção diante dos caminhos da Providência”[3].
Este modo Florenskijano de pensar nos recorda a postura do bispo D. Hélder Câmara, de saudosa memória, quando alguém discordava dele. Assim ele dizia: “se você discorda de mim, você não é meu adversário, mas você me enriquece”[4]. Sobre a situação da diversidade e da divisão, o nosso autor não é pessimista e consegue tirar grandes lições:
“É necessário de fato que aconteça divisão entre vós’, o olho não se assemelha à mão, e a sua estrutura lhe é de todo estranha. Não por isso, porém, pode dizer à mão: ‘Não preciso de ti’, como, vice-versa, nem a mão pode dizer ao olho que não compreende: ‘Não preciso de ti’. Num organismo sadio, todavia, os órgãos – cada um com uma própria função diversa das funções alheias – vivem em concórdia e tem necessidade um do outro e todos servem o único organismo”[5].
Esta analogia com o corpo humano, em sua dinâmica de funcionamento, permite que o nosso autor, Florenskij, admita uma “divisão necessária”. São Paulo, realmente foi brilhante quando escreveu isso em seu tempo e, para o assunto em questão, continua sendo uma verdade muito atual. Os cristãos são o Corpo de Cristo e este corpo precisa funcionar devidamente para cumprir sua verdadeira finalidade. As pessoas não precisam só ouvir coisas boas sobre Jesus, mas experimentarem, junto aos cristãos, a verdade deste anúncio, através do testemunho de comunhão.

Modjumbá axé!
Pe. Degaaxé


[1] FLORENSKIJ, Op. Cit., p. 5.
[2] Id., Ibd., p 5.
[3] Id., Ibid., p. 6.
[4] D. Hélder Câmara, bispo brasileiro,  nascido em Fortaleza, a 7 de fevereiro de 1909, e falece a 27 de agosto de 1999. Na época foi duramente criticado e perseguido por causa de sua postura profética junto aos pobres.
[5] FLORENSKIJ, Op. Cit., p. 5.

terça-feira, 21 de junho de 2011

ECUMENISMO: RECONHECENDO A DIFERENÇA COMO UMA GRANDE RIQUEZA

"(...) É mister que os católicos reconheçam, com alegria, e estimem os bens verdadeiramente cristãos, oriundos de um patrimônio comum, que se encontram entre os irmãos separados de nós. É justo e salutar reconhecer as riquezas de Cristo e as obras de virtude na vida dos que testemunham em favor de Cristo, às vezes até à efusão de sangue: Deus é sempre admirável e digno de admiração em suas obras" (UR 4/772).

 As diversas iniciativas, no campo ecumênico, empreendidas pelas igrejas cristãs, têm sido fruto de um desejo intenso de comunhão. É impressionante o esforço incansável de aproximação, compreensão e diálogo, existentes nas diversas organizações dos que confessam a mesma fé em todo o mundo. Como vimos acima, é no reconhecimento mútuo do que Deus realiza em cada uma das partes que acontece a comunhão. Tudo isso nos faz perceber a dinâmica do Espírito Santo, para o qual não existem fronteiras que não possam ser derrubadas. Em meio a tantas diversidades, ele vem suscitando a unidade. Este Espírito de Comunhão tem realizado maravilhas, ao longo da história, principalmente no que se refere à própria concepção ecumênica, em que cada uma das partes envolvidas armava-se com muitos argumentos para defender a sua verdade sobre Jesus, criticando os outros, considerando-se donos da verdade, fixando-se mais em suas diferenças, naquilo que causava ainda mais divisão. Houve-se uma abertura maior para a ação do Espírito de sorte que passaram a perceber que o caminho não era aquele, mudou-se a postura e o diálogo passou a nortear as discussões. Percebeu-se que a diferença de cada um pode ser riqueza para o outro; é preciso caminhar e juntos buscar o que é fator de comunhão.

O discurso sobre a busca de unidade, infelizmente foi mal compreendido tanto por parte de algumas lideranças como por parte de outros fiéis. Longe de ser uniformidade ou anulação das diferenças individuais, trata-se de acolher o diferente, respeitando-o no seu modo de ser e refletir, descobrindo sempre mais o que causa aproximação. Esta busca não impede que se pense diferente, mas empurra, ambas as partes à verdade que os une. Quando Jesus diz que é a verdade e quem é da verdade ouve a sua voz, não se refere a ritos, fórmulas ou modos de fazer as coisas, características acidentais. Ele chama a atenção para o que é essencial: a verdade que Ele é. Uma cristologia que parte de Jesus como parâmetro da verdade é uma cristologia que fomenta a unidade. Esta é referência comum a todos. E como a verdade é Jesus, a busca de conhecê-la sempre mais só pode levar-nos a engajarmo-nos no diálogo ecumênico. Recusá-lo conscientemente seria um ato de irresponsabilidade, pecado ou ir contra àquilo que reconhecemos ser correto.

O caminho de aproximação foi iniciado, o passo caracterizado pela fraterna superação das divisões entre as diferentes Igrejas cristãs, já foi dado. O que resta agora é que todos contribuam para vencer as dificuldades, que impedem o avanço ecumênico. O Espírito agiu, fez com que diminuíssemos as tensões; agora temos a grande responsabilidade de ser fiéis à verdade e à justiça enquanto buscamos superar as divergências e trabalhar em conjunto. Sabemos também que o caminho ecumênico tem que ser trilhado com caridade, humildade, prudência, boa formação e amor ao Cristianismo. O Papa, em sua carta sobre a unidade dos cristãos, diz que ‘a divisão contradiz abertamente a vontade de Cristo, e é escândalo para o mundo, como também prejudica a santíssima causa da pregação do evangelho a toda criatura’ (UUS 6). De fato, a grande vítima tem sido a evangelização, pois é difícil acreditar quando os que pregam o evangelho se comportam como inimigos. É claro que não dá para generalizar, mas se ainda há impasses no entendimento, é por que algumas lideranças das diferentes partes se fecham, acompanhando o processo com um certo indiferentismo a respeito da riqueza que esta novidade pode trazer. Muitos estão com o receio de ficar menos católico, menos protestante, etc. A verdade é que deixamos de pensar como Jesus, que se preocupava com os que precisavam crer a partir do testemunho de união das comunidades cristãs. Esquecemos de que precisamos, como cristãos, estar unidos para que o mundo creia.

Não é conveniente continuarmos chocando as pessoas com um Jesus dividido, um Jesus que só serve para um grupo e não serve para outro. Está mais do que na hora de sermos evangelhos vivos, colocarmos no centro de nossas buscas e aspirações, a pessoa e a proposta de Jesus Cristo. A atitude de Jesus diante do diferente era de escuta e de acolhida; precisamos reaprender dele. Se de fato somos cristãos e acreditamos na possibilidade de unidade rezada por Cristo, realizaremos o que diz Santo Agostinho: "nas coisas essenciais, a unidade; nas coisas duvidosas, a liberdade; em tudo, a caridade". Esta expressão é retomada pelo Concílio Vaticano II, que a propõe como compromisso aos católicos e cristãos de todo o mundo: "Resguardando a unidade nas coisas necessárias, todos na Igreja, segundo o múnus dado a cada um, conservem a devida liberdade, tanto nas várias formas de vida espiritual e de disciplina, quanto na diversidade de ritos litúrgicos, e até mesmo na elaboração teológica da verdade revelada. Mas em tudo cultivem a caridade. Agindo assim, manifestarão, sempre mais plenamente, a verdadeira catolicidade e apostolicidade" (UR 4/771).

                                                                                                                               Modjumbá axé!
Pe. Degaaxé